Graciela se ha ido. Cien años y seis meses de vida se apagaron lentamente en el Holy Cross Health Hospital de Maryland a las seis de la tarde del 28 de septiembre. Minutos antes había preguntado por ella a Victoria, su cuidadora desde hace más de treinta años y minutos después mi paisana y profesora de español en la Universidad donde enseñara su maestra, me comunicaba su fallecimiento. De pronto recordé con nitidez la última visita a su casa en compañía de Diego Ropero. Festejábamos en aquellos días, con su Departamento de lengua española y portuguesa, su centenario. Estaba feliz, serena, agradecida por tantos años de vida plácida entregada a su pasión literaria y compartirlo con el más grande los poetas en lengua española.
Recordé uno de sus últimos viajes a Moguer, donde no pudo venir en fecha más señalada. Aquél que recordaba un 21 de octubre de 1956, cuando Zenobia Camprubí recibía—con una sonrisa—en su lecho de muerte la noticia, entonces aún oculta, de que a su inseparable compañero Juan Ramón Jiménez la Academia sueca le había concedido el Nobel de Literatura.
Con la voz dulce de su infancia cubana de Camagüey, Graciela estuvo entre nosotros derrochando gestos permanentes de entrañable gratitud por los agasajos de los amigos moguereños. Se quitaba—con coquetería—sus lentejuelos para atender las invitaciones fotográficas de quienes sabían que se encontraban con el testimonio más vivo, con la memoria más impecable no sólo de una de las mejores biógrafas del moguereño universal, sino la amiga inseparable del matrimonio en la última década de su vida, y la artífice, ayudada por los últimos arrestos de una inagotable Zenobia, que hizo posible el Nobel para Juan Ramón, para la Literatura española, para el nido cálido y limpio de Moguer.
Descansó en el Nazaret del médico de Juan Ramón, don Rafael Almonte, apreciando las vistas que el poeta dejara de su pueblo desde Fuentepiña. Visitó—emocionada—la calle que el pueblo de Moguer le dedicó, y en Santa Clara, como otro Colón evocando el voto descubridor, nos trajo desde la otra orilla atlántica su Juan Ramón más vivo. Nos dejó, para nuestra evocación, en su propia voz, el testimonio de la amistad con Zenobia y con el poeta, patentizando que “él, por quererla, cambió el rumbo de su poesía, la depuró, se depuró y llegó al concepto de la poesía desnuda”.
Bien sabes Graciela lo que te queremos en estas tierras. Lo agradecido que estará siempre el Moguer de tu Juan Ramón. Mereces el eterno descanso de los justos

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